Resulta curioso que Despedidas (Anagrama, 2026) sea, literalmente, el último libro de Julian
Barnes —como él mismo puntualiza ya que ha dicho que no iba a escribir más— y que haya terminado siendo el primero
que leo de su obra. Ha sido una experiencia verdaderamente gratificante y tengo
la certeza de que no será el único; de hecho, ya me espera en la mesilla de noche
Nada que temer, publicado también por la editorial Anagrama.
Me adentré en esta lectura como
el preámbulo perfecto para el encuentro que el autor mantuvo ayer, 20 de
octubre, aquí en Oviedo con distintos clubes de lectura de Asturias y del resto
de España, con motivo de la entrega este próximo viernes del Premio Princesa de Asturias de las Letras.
Despedidas
destaca por una estructura de lo más original. Nos sumerge de lleno en una
exploración que el autor realiza en torno a la memoria, el pasado, las
decisiones que van marcando nuestro camino y, por supuesto, la muerte (temas
que, según se percibe en el propio texto, son recurrentes en su trayectoria).
El libro funciona como un sabio híbrido de ensayo, memorias y reflexiones
personales, enmarcado en lo que hoy conocemos como "autoficción".
Barnes articula todo esto a través de un agudo sentido del humor —a veces
sutil, otras veces mordaz e incluso negro—, un recurso que, lejos de restar
seriedad al relato, aporta una gran profundidad a sus meditaciones.
La obra se organiza en varias partes muy bien definidas:
- La primera parte, «El gran
I Am»: Es una suerte de ensayo de corte "proustiano"
en el que Barnes reflexiona sobre hasta qué punto poseer una memoria
precisa nos ayuda a vivir mejor (o no) el presente. El título es un
brillante juego de palabras: representa la primera persona del verbo ser
en inglés (Yo soy), alude al "Gran Yo Soy" bíblico en
referencia a Dios, y coincide con las iniciales en inglés del Recuerdo
Autobiográfico Involuntario, un concepto que el autor explica con
detalle apoyándose en anécdotas de sus amigos médicos.
- La segunda y la cuarta parte: En ellas nos
relata una historia muy particular vivida por una pareja de amigos
cercanos. Sin caer en spoilers, este episodio le sirve de base para
cavilar sobre los aciertos y errores del pasado, la influencia de nuestras
decisiones en el futuro y la manera en que la amistad perdura (o se
desvanece) con el tiempo.
- La tercera y la quinta parte: Con una narrativa
marcadamente testimonial, Barnes aborda el cáncer hematológico que padece,
una enfermedad incurable pero "tratable" de por vida. Estos son
los capítulos más confesionales e íntimos, donde el autor medita con
serenidad sobre la vida y la finitud.
Por la naturaleza de los temas,
se podría pensar que estamos ante un libro pesimista, sombrío o desalentador;
sin embargo, no es así. Julian Barnes demuestra un sentido del humor impecable, una
gran capacidad de raciocinio y una admirable aceptación de lo que implican el
paso del tiempo, el envejecimiento, la enfermedad y la pérdida. Lo expresa con
lucidez al citar a Flaubert: «Tan pronto como venimos a este mundo empezamos
a perder pedazos de nosotros mismos».
Hay un poderoso leitmotiv
que el autor repite en varias ocasiones y que le sirve de brújula para aceptar
el porvenir. Me conmovió especialmente por ser una frase tan breve como
profunda: «Es el Universo haciendo lo suyo».
En definitiva, esta obra nos
recuerda que la vida no es una tragedia con final feliz, sino más bien una
farsa con un desenlace trágico o, en el mejor de los casos, una comedia ligera
con un final triste. O, como bien recoge la cita que evoca el autor, «una
comedia para los que piensan, y una tragedia para los que sienten». Una
lectura amena e interesante que nos reconcilia con nuestra propia
vulnerabilidad.